viernes, 21 de marzo de 2014

+ || Compañía de los dos fue la del edén y no salió nada bien.



Abrió la puerta del Trenzalore con manos tan rígidas que no tardaron en romper ese equilibrio una vez la madera de ébano tocó su espalda. Las miró; las cicatrices estaban cubiertas de sangre, sangre reseca que indicaba que había vuelto a hacerlo, había vuelto a matar de forma humana, de forma estratégica… Siempre recurría al último segundo, tratando de evitar aquel momento, pero finalizando de la misma manera que las dos anteriores veces. Ya había terminado con la vida de tres mujeres y aquella tercera volvía a parecer la primera. Llevaba sin alimentarse cosa de un mes, y por suerte, su instinto aún tenía paciencia y no exigía un buen bocado… Temía que aquel día llegase.

Se miró la camisa blanca, repleta de pequeñas gotas de sangre que habían salido de la boca de aquel ángel humano cuando ya tan solo le quedaban segundos para perder la vida. Había tosido justo antes de desfallecer para siempre.
Comenzó a desabotonarse ésta mientras se dirigía al lavabo, y una vez estuvo allí la dejó caer al suelo. Apartó la cortina oscura que cubría el cristal, y se miró. Sus manos agarraron sus mejillas repletas de una espesa barba castaña. También tenía sangre en el rostro. Abrió el grifo y se frotó las manos; de haberse mirado en el espejo habría apreciado unas mandíbulas exageradamente apretadas, al igual que sus dientes escondidos del exterior, y sin duda, unos ojos color gris oscuro muy brillantes.
Llenó sus manos en forma de cuenco con agua y se lavó la cara un par de veces, buscando además de limpiarse del crimen cometido, despertar de una vez por todas de aquella maquiavélica ensoñación.

Cogió la toalla blanca ignorando esa suavidad común en sus movimientos, arrancándola prácticamente, y se secó el rostro con brusquedad. Se quedó mirándose largos segundos frente al espejo, con las manos apoyadas en el lavabo, dejando caer su peso hacia delante. No pudo aguantar la mirada a su reflejo tres segundos… Tuvo que bajar la mirada, cerrar los ojos, y descansar.

<< Papa Legba estará riéndose en su trono de calaveras. >>

Llamaron a la puerta. Dos golpes sordos que hicieron que Sebastian frunciese el ceño. Era tarde, ¿Quién podría requerir sus servicios a tales horas de la madrugada? Volvió a correr la cortina para no dejar escapar su reflejo y cogió una camisa nueva que se fue poniendo hasta llegar a la puerta, con rapidez. No llegó a abrocharla del todo cuando abrió. No había nadie, a excepción de un viento frío que logró hacer que sintiese un hosco escalofrío en la columna vertebral. Decidido, comenzó a cerrar la puerta con el fin de proteger al mundo de sí mismo, pero antes de hacerlo, un ruido proveniente del suelo le hizo entrecerrar los ojos: una risa. A sus pies había un cesto de paja repleto de mantas que se movían suavemente. Tuvo que agacharse, remangándose la pernera de los pantalones, y con una mano retirar un poco una de esas mantas para poder ver el rosado rostro de un bebé que miraba sin ver aún, hacia todos los lados. Algo en su interior se removió al percatarse de que aquella niña era su hija, la hija que había tenido con Sombra, la hija que había nacido en mitad de un lago, con su ayuda, la hija que prácticamente abandonó con el fin de que tuviese una vida mejor… Siquiera Sombra sabía que era de Sebastian, él había tratado de protegerla con el contexto de ser estéril… No conocía al otro hombre, pero sabía que podría cuidarla mejor que él, mejor que un asesino como él.
Cogió el canasto y entró al interior con el fin de dejar cerca del fuego a la niña; la había tocado con el filo de sus dedos el moflete derecho, muy suavemente, y se había percatado de que estaba congelada… No quiso cogerla, no quería encapricharse, solo quería saber qué hacía allí, si Sombra había decidido dejarla con él durante un tiempo por que se había marchado, como de vez en cuando hacía. Pero no pudo evitarlo, sus manos prácticamente danzaron solas, con gesto paternal, hasta la criatura, y la cogió en brazos. La niña se aferró a Sebastian, cogió su dedo índice con fuerza y durante unos segundos se olvidó de todo lo que había vivido ésta noche. Entonces, algo cayó al suelo; era una nota.
Se agachó para recogerla, con cuidado, y se sentó en el sillón con el fin de apoyar la mejilla de la niña en su hombro derecho y poder leerla:

“Podrá ver a su madre en una nueva vida…”

Sombra había muerto. Sin darse cuenta se encontraba aferrando a la criatura con más fuerza, y ella no parecía querer moverse de tal postura. La meció suavemente entre sus grandes manos, colocó su pequeña y frágil cabeza, y la alzó para que le mirase y poder dirigirse a ella:

“Yo cuidaré de ti, Edén. “

[…]

Cuatro años después. Se negó a abandonar el taller, aquello que podría alimentar a su hija y darle una vida medianamente buena. Edén se había convertido en el mundo de Sebastian, y Sebastian en el mundo de Edén… Y la señorita Jones, la joven niñera que ayudaba a Sebastian con la niña cuando él tenía que trabajar. Aún así no se despegaba de su hija un solo día…
Sus 34 años no se hacían pesados en absoluto, es más, desde la llegada de Edén todo parecía haber mejorado para Sebastian, aunque se había alejado de todo el mundo, se había encerrado en su hija únicamente, a quien necesitaba cuidar y proteger sobre todas las cosas.
La campanilla del taller indicó que alguien había entrado en el establecimiento. Una mujer alta, de piel morena, cabello largo y negro, comenzó a danzarse contoneando sus bonitas curvas por el Trenzalore. Sus ojos se toparon con los de Sebastian, que dejó a Edén en la trona de comer para darle la bienvenida.

-          ¿Sebastian… Mcweibber? Al fin nos conocemos.
-          ¿Y usted es...?
-          Necesito su ayuda, me temo. Soy una mujer, ¿No lo ve? – Una sonrisa divertida, aviesa, se situó en los labios de la morena.
-          Puedo apreciarlo, creo. – Contestó el demonio sereno, sin buscar atacar a aquella mujer que parecía tener una personalidad bastante aviesa y abierta. - ¿Qué desea de mí, pues?
-          Oh… Escuché que haces unas figuritas… maravillosas. Espero que sea cierto y que no me dejes a medias tintas.
-          Trataré de no decepcionarla, mujer.
-          Me gustaría que me tallase un gorro. Un gorro de bruja, ¿Sabes cómo es o necesitas un dibu…?
-          Lo tengo, descuide.

No tardó en sentarse en el taburete y coger los materiales necesarios. Poco después ya estaba dándole forma a ese trozo de madera de ébano, la mejor madera que le llegaba gracias al señor Eccleston.
La mujer no podía mantenerse quieta, se aproximó a Edén y amplió una sonrisa con sus gruesos labios.

-          Pero que cosita… ¿Cómo se llama? – La niña pareció fruncir el ceño. –
-          Edén. Su nombre es Edén, como el jardín que Dios creó para que los humanos naciesen de él… Como el paraíso.
-          ¿Y cuántos años tienes… Edén? – Dijo la mujer, dando un suave golpecito en la nariz de la criatura con su dedo anular. Tenía las uñas muy largas, pintadas de rojo.
-          Cuatro. Cuatro va a cumplir en dos días. – Sebastian estaba concentrado en su trabajo, con cuidado de no cortarse, pero a la vez, tenía un ojo encima de su hija.
-          ¿Y su madre? ¿Dónde está?
-          Por desgracia, falleció en el parto… -Esa había sido su texto habitual desde que le habían preguntado por la madre de su hija. –
-          Eso es lo que tú piensas, Sebastian.

El demonio alzó la mirada a la par que con cuidado bajaba el cuchillo y la figurita ya prácticamente terminada. Se incorporó un poco y se puso en pie; tenía la cabeza bien alta, estaba confuso, pero sobre todo, molesto… Podía dañarla. La mujer cogió a la niña en brazos, aunque ésta comenzó a llorar indicando que no deseaba aquello. Los ojos de Sebastian oscurecieron durante un segundo.

-          ¿Quién es usted? – Su voz ya no era amable, era hosca, fría, distante, y no podía quitar los ojos de ambas. La mujer besuqueó los mofletes de la niña.
-          ¿Falleció en el parto, Sebastian…? Qué pobre historia pretendías contarle a tu pobre hija… Pero no te preocupes, que ya todo está solucionado… Aunque de forma diferente. – Una carcajada salió de entre los labios de la mujer y dejó a la niña de nuevo en aquella silla, la besó en la frente, y se aproximó a Sebastian, que se mantenía en un duelo interno; no quería sacar su lado demoníaco delante de su hija, no quería que viese algo así “No puedes ser un mal padre, como Hannibal… No puedes hacer eso, por ella.” Doranne cogió la piedra de madera y se aproximó a la puerta:

         - La terminaré en casa. – Tiró las monedas al suelo, y se fue, con una sonrisa triunfal en los labios. Sebastian no   fue tras ella, fue a comprobar que todo en su hija iba bien.

martes, 25 de febrero de 2014

+ || Yo no quería hacerles daño... Solo quería matarlos.




El endemoniado tatuaje ya comenzaba a quemar… Había tratado de esquivar éste momento, había tratado de pasar página, ignorar lo que tendría que suceder a la fuerza si no quería volver a aquel horrible lugar… Pero era imposible. El pacto con Papa Legba se mantenía latente. Había sido el mes más complicado de su odiosa vida; quizás, solo quizás, Sebastian iba a ser padre, solo quizás, había aflorado una amistad de verdad, como la de Odalys hacía ya tanto tiempo atrás… Tuvo incluso que pasar por el patético momento de pedir ayuda a Nonna. A pesar de todo, no se había presentado al día siguiente a su consulta… Apagó el teléfono y se resguardó bajo la manta de lana roja y blanca que cubría su huraña cama de madera de fresno.
Pero no había sentido nada. Sabía que tenía que sentir, sabía como sería ese dolor, o bien, ese placer, en cada momento. Sabía lo que había sentido una vez, pero no podía repetirlo en aquel momento, cuando de verdad lo necesitaba… Tan solo un instante, frente a Romeo, pareció obtener la felicidad durante una décima de segundo. Pero fugaz se esfumó, se resbaló de entre sus dedos.

[…]

Ya había pasado un mes. Un mes y no había hecho “la ofrenda” a Papa Legba. Había tratado de mil y una maneras de escurrir el bulto, pero como era obvio, era algo imposible… El tatuaje dejaba claro aquello.
Eligió a la mujer sin pensar; no quería saber si perdería mucha familia, si estaba sola, si acababa de conseguir un empleo, no quería saber absolutamente nada de ella… Porque sabía, que a pesar de no sentir en aquel instante, cuando volviese a hacerlo, todo caería sobre sus espaldas de golpe. Los sentimientos se lanzarían al vacío para rellenarlo, y sería terriblemente doloroso.

En Hedmark, no muy lejos de su antigua casa, había pisos de alquiler, y allí fue donde finalmente ejecutó su plan.

Las dos de la madrugada aproximadamente. Vestía de negro, buscando el camuflarse entre las sombras, con guantes, zapatos silenciosos, y ocultaba su rostro con una tela negra, exceptuando los ojos y los labios.
Cuando entró en aquella casa no había nadie. La mujer aún no había llegado de trabajar.

“Abogada… Demasiada información.” Se obligó a cegar su curiosidad, a no mirar las fotografías, a, simplemente, aguardar en su cuarto. Era blanco, luminoso, con una alfombra de pelo en el suelo y un gran armario con espejos. Se quedó quieto sentado sobre el colchón… tratando de convencerse a sí mismo de que la mujer no volvería aquella noche y se salvaría.

La puerta sonó indicando que se abría. La mujer no tardó en subir los escalones dejando a medio camino los zapatos de tacón. Se desabrochó la blusa, dejó resbalar la falda, y se soltó el pelo. Cuando entró en su habitación no había nadie sobre la cama. Pulsó el contestador; una voz femenina habló

“Elizabeth, tu sobrina y yo nos pasaremos mañana a verte, porque… recuerdas que tienes una sobrina, ¿Verdad?”

El mundo de Sebastian se desmoronó. Todo aquel cúmulo de información se agolpó en sus sienes y provocó que el demonio se abriese paso mientras repetía sobre lo que se arrepentiría. “Se llama Elizabeth, como Sombra… Tiene una hermana, una sobrina… familia. Tiene un trabajo… Parece que le va bien en la vida…” Cuando abrió los ojos se encontró con aquella mujer morena, de unos treinta años de edad mirándole con los ojos como platos. El grito se cortó cuando Sebastian se abalanzó sobre ella, con los ojos negros, vacíos. Ambos cayeron sobre la cama mientras la mujer forcejeaba bajo él, aterrorizada. Ya no podía pensar en el temor que sentía, no podía sentir siquiera al demonio buscar salir de su interior… Era Sebastian. Eran las manos de Sebastian, el del Trenzalore, el elegante, el buen hombre… Aquellas que se aferraron al cuello de Elizabeth Wollowitz para estrangularla.
Antes de hacerlo, cuando estaba a punto de perder la consciencia, se despojó de aquella tela negra que le cubría el rostro y le permitió ver el rostro de su asesino. Terminó con su vida tras aquello, dejando las marcas de sus dedos alrededor de su cuello, como una sombra invisible que trataba de dejar huella en su propio interior.

Elizabeth Wollowitz había fallecido. Había sido asesinada.
Sebastian se incorporó un poco y finalmente cerró sus ojos con sus propias manos cubiertas de guantes. La desnudó por completo, despacio, con suavidad, cuidado, incluso podría decirse que… cariño, y la acunó entre sus brazos con el fin de llevarla a la bañera, donde la bañó con parsimonia. La lavó lentamente, tratando de limpiar todo rastro de aquel dolor que había producido sobre la mujer, sobre su propia alma que ya había caído en manos de Papa Legba… El tatuaje ya no ardía.


Acto seguido, la secó, cambió las sábanas de su cama, y la secó el cuerpo y el pelo también. Ocultó su cuerpo desnudo bajo la fina sábana que había puesto nueva, y terminó por… pintarle las uñas de un color granate, pidiendo disculpas a su manera.


Cortó un mechón de su cabello, para no poder perdonarse jamás por ello... 


Tras una caricia pasmosa, salió del lugar, silencioso, aún completamente vacío. Pero por poco tiempo.





jueves, 13 de febrero de 2014

+ || Welcome to Hell.



Mr. Eccleston tuvo el valor de pedirle un favor a Sebastian. Un gran favor… Mr. Eccleston es el millonario por excelencia de Noruega, un hombre sediento de dinero, de halagos, de lujos, de mujeres… A pesar de poseer una. Un millonario enamorado del gran trabajo artístico de Sebastian, un enamorado de los esfuerzos del demonio, de los resultados de éste… Alguien que le ha ofrecido un contrato fijo y una gran empresa  mil y una veces, pero Sebastian se limita a vivir en el anonimato por el momento, pues es lo que buscó desde el momento cero, desde el momento en el que se marchó de casa de los Mcweibber y se separó de sus hermanas.

Un importante compañero de trabajo, o bien, como el señor Eccleston se refería a él “La sanguijuela de Andorra”, le había pedido por encargo un violín de madera de ébano similar al que el señor Eccleston le había regalado a su hijo, y Sebastian no tardó en aceptar aquella propuesta que, además de ser pagada bien, le servía como excusa para viajar a Andorra, deseado país por el que pasó una vez para llegar hasta A Coruña cuando vivió en tierras del norte español, pero no llegó a pisar. ¿Por qué viajar? Porque era lo más seguro para que el instrumento llegase sin una sola magulladura, sin un golpe… “¿Comprendes porqué le llamamos sanguijuela ahora, Sebastian? Es tan exquisito que si le gustan tus ojos, te los sacará para tratar de ponérselos.”

El viaje se pasó volando. Viajó en tren para poder así disfrutar de la lectura: terminó “El enfermo imaginario” de Molière y comenzó con La Celestina, de Fernando de Rojas, por tercera vez. Una vez llegó, no tuvo que andar demasiado para llegar a la enorme mansión que tenía entre las montañas nevadas la llamada “Sanguijuela”. Se lo entregó, recibió una fabulosa propina, y volvió a la estación… pero no con el objetivo de volver a casa, sino, con el objetivo de ver un poco de Andorra.

Se asentó en un motel no muy lejano a la iglesia de San Esteve, y tras tantear el pueblo, decidió finalizar la estancia con la visita al santo lugar.

Ya había oscurecido, pocas luces alumbraban el pórtico de entrada al edificio, que parecía renovado hacía poco tiempo.
Cuando abrió la puerta, el fuerte olor a vainilla llegó hasta sus fosas nasales: le recordó a su taller, era prácticamente el mismo aroma… Y aquello comenzó a olerle mal, no literalmente.
No caminó aún, se quedó en la entrada, observando todo con ojos curiosos. La única luz que había provenía de velas, numerosas velas a sendos lados de las figuras de los santos, y sobretodo, rodeando el altar. Solo había una figura humana en la sala, sentada en la segunda fila de bancos, frente a la pintura bañada en la técnica de estofado que rodeaba a un hermoso ángel con ambas manos en posición de entrega. Otros pequeños ángeles sujetaban sus ropajes, orgullosos de ello.

Alzó un poco la cabeza el demonio, sintiendo que no debería haber pisado ese lugar en aquel momento… O mejor dicho, que lo que había hecho, había estado planeado… Y eso le molestaba, no sabía nadie cuanto. Odiaba que previesen sus pasos, que fuese tan obvio que pudiesen jugar con él a su antojo. Y así se sentía, un muñeco de trapo simple, vacío.

Mojó su mano derecha, los dedos, en la pila bautismal. Se quemó, ardió por tocar ese agua santa, pero era una forma de castigarse por lo que era sin haberlo elegido.
Masajeando la herida mano de sus dedos en ampolla, que poco a poco iba desapareciendo, caminó por el pasillo central hasta llegar a la cuarta fila de bancos. Se paró por inercia, y de inmediato la brisa se alzó… haciendo que las velas se apagasen. Todo quedó sumido en la más profunda oscuridad, todo menos el altar, que parecía querer ayudar a Sebastian, y volvió a prenderse sin ayuda del demonio.

Una risa espeluznante retumbó en la estancia, haciendo que Sebastian alzase la barbilla haciendo que la nuez se le marcase de una manera exagerada. Sus ojos grises danzaron, sin ser guiados por su cabeza, buscando de donde provenía ese conocido sonido… Un chispazo y apareció. Justo delante de él.

Una piel escamada, blanca, sobre una dermis africana… Ojos rojos, cabello negro repleto de mugre, rasgos faciales exageradamente marcados y una sonrisa. Una sonrisa encantadoramente tétrica.
Su ropa quedaba oculta bajo una túnica negra, y sus pies, expuestos entre niebla oscura. Llevaba un sombrero de copa decorado con pequeñas calaveras… Calaveras humanas del tamaño de crío diminuto.
Alzó la chistera para poder mostrar a Sebastian su rostro divertido. El de Sebastian seguía inmutable.

- ¿Me… recuerdas, chico?
- Legba.
- Papa. Papa Legba, demonio. No seas insolente en el primer encuentro…
- Lo cierto es que no me alegra verte.
- Oh… claro… ¡Pensabas que te habías deshecho de mí! Tan inocente como tu padre pensaba que eras…

Sebastian apretó los labios, pero la mueca de asco fue más rápida aún. Aquello pareció encantarle a aquel ser. Se aproximó, con pasos danzarines, disfrutando del momento, de la situación.
- ¿Qué haces aquí?
- Con que… quieres saber que hago aquí… - Se carcajaeó, y tras esconder una de sus manos entre esa nube de polvo negro, sacó su bastón acabado en una calavera como las que decoraban su sombrero. Acarició con dedos largos el hueso, y se situó frente a Sebastian, a escasos centímetros de su rostro. Sebastian luchaba por retirarse, pero había algo dentro de él que le pedía que no lo hiciera. – Sabes que es lo que va a ocurrir ahora… Y, ¡Es una lástima! Porque si quisieras frenarme, ya lo habrías hecho… Eso quiere decir que deseas algo con fuerza. ¿Sentimientos? Oh, sí… Sentimientos… ¿Deseas sentir…? No… No lo creo… Eres tan cobarde que deseas todo lo contrario… ¿Verdad, demonio? Como la última vez. Como la última vez que nos vimos… Lo que no tengo demasiado claro aún es como lograste cambiar de idea. Tienes carisma.

- Es muy amable… - Comentó entredientes el demonio, tratando de no dejarse amedrentar. Sus ojos no podían despegarse de los rojos de aquel ser. Aquel ser que le tenía a su merced.

- Oh… Pues terminemos cuanto antes. ¡Te la devuelvo!

Y tras aquel tono eufórico, selló el pacto con un beso en los labios. Un beso lascivo, del que Sebastian trató de despegarse internamente, pero seguía inmóvil.
Una vez Papa Legba se retiró, le dedicó una sonrisa amplísima.

- Y tras esto… La historia empieza de nuevo. Sabes que tienes que hacer. ¡Hónrame! Pero ahora, no solo una vez al año… Una vez al mes. – Y tras eso desapareció. Sebastian cerró los ojos, enfurecido, molesto, pero la nube negra volvió a sucumbir entre la oscuridad. - ¡Se me olvidaba! ¡Tengo un regalito para ti! Por… Ese tiempo que me tuviste encerrado y todo eso… “The… Ripper…” – Lo paladeó, mientras con el bastón señalaba a la figura que se encontraba sentada en la segunda fila. Logró ver su rostro, aquel rostro que le había provocado los peores años de su vida, torturando en el infierno almas inocentes, castigando, haciendo que lo disfrutase… Un castigo mutuo, compartido, algo que había dejado una profunda huella en el alma herida de Sebastian. El hombre se lanzó contra él y le apuñaló el corazón, y seguidamente ambas manos. Cayó al suelo y se adentró en sus demonios, en la verdadera oscuridad de su mente…

Se despertó entre sábanas azules claras. La habitación estaba recién pintada, blanca, olía aún. La cabeza le daba vueltas, y cuando fue a llevarse ambas manos a la sien fue cuando sintió todo el dolor de golpe. Tenía las manos vendadas al igual que el pecho. Le había empalado.
Le había dejado inconsciente… Había resurgido del inframundo con el fin de torturarle.

La señora García le había recogido a primera hora de la mañana cuando iba rezar por su marido recién fallecido. ¿Tendría que rezar ahora él por sus sentimientos recién perdidos? Papa Legba había vuelto a ganar… No sentía absolutamente nada a pesar de que sabía que todo aquel que había querido se encontraba en peligro, y sabía que es lo que había sentido.

Se había quedado marcado en el tatuaje de la palma de su mano derecha.

jueves, 23 de enero de 2014

+ || Biografía - Actualidad.



*Pequeños lapsos de tiempo: Dios destierra a Sebastian, deja que caiga… ha sido invocado. Ya no es un ángel, ahora es un demonio, un ángel caído, un seguidor de Lucifer. Desconoce el motivo por el cual Dios le abandona.*

6 de Marzo de 880. El rey de la época fue Harald I de Noruega, comúnmente conocido como Harald cabellera hermosa – Sebastian nació de formas que desconoce, en mitad del bosque de Hedmark (Con protector del reino de Hedmark Ragnar Rykkel, hijo de Harald I de Noruega y Svanhild Eysteinsdatter, cuarta mujer (de siete) con la que se alarga la dinastía de Harald.


Hannibal y Sebastian se instalaron en la pequeña casa del buguhul, la cual hacía mucho tiempo que no visitaba, en Finlandia, a los pies del lago Jesagur.

A los seis meses Hannibal abandona a Sebastian, dejando únicamente promesas rotas y como demostración una licántropa delirante de cuales son los poderes del buguhul frente al que había llamado “hijo”.

Sebastian conoció a James el 12 de Septiembre del 880, en Noruega. Se instaló junto a él a los pies del lago Siljan, hasta los 18 años reales (hasta los 10 años no mantuvo conversación con James, prácticamente). Hasta el 898, que marchó a Gales con el fin de poner en práctica sus dotes de traductor.
Ayudó al rey Taliesín, fue su primer “gran empleo”, y duró 2 años (hasta el 900) en Gales hasta que rechazó a la princesa Ceridween y fue expulsado del condado y volvió a Hedmark con el objetivo de encontrar a Hannibal.

Fueron años de tormento, metiéndose en temas verdaderamente peligrosos y arriesgados… Hasta el punto de tener que hacer un pacto con el conocido Papa Legba. Sebastian en esa época se convirtió en un verdadero destripador, y jugaba a pactar con los humanos y a apostar, ofreciéndole cumplir sus deseos en el caso de acertar, y en el caso de no, quedarse con su alma y darle tres años de vida más para cumplir lo que deseaba.
Al principio fue todo verdaderamente fantástico… Recolectaba esas almas y se las entregaba a Papa Legba, con quien había hecho ese pacto, pero poco después conoció a las hermanas Darlewn, quienes a pesar de ser muy distintas, lograron hacer que Sebastian se tranquilizara poco a poco y aprendiese a apreciar a los humanos… Eran vendedoras ambulantes, huérfanas, y su padre las maltrataba y se aprovechaba de ellas cuando deseaba.

Al romper ese pacto con Papa Legba, fue directamente guiado al infierno. Sebastian ya lo veía todo de una manera diferente, comenzó a apreciar la poca vida humana que albergaba en su interior, por lo que el propio Lucifer (quien le juzgó) le condenó a hacer lo que más odiaba: torturar almas inocentes, esas almas que recolectaban otros demonios y eran entregadas a las entrañas del infierno. Su maestro era llamado “El destripador” (realmente, Ketscun Blackwell) y se encargó de que Sebastian siempre se arrepintiera de aquello que había hecho.

Cumplió la pena, y volvió a la Tierra en 1035, en mitad de la disolución del Califato de Córdoba en España: reinos de Taifas. El Islam y el cristianismo son las religiones por excelencia del siglo, aunque el judaísmo también era realmente importante, y quien pagó cara su sabiduría.
Acudió a Jerusalén, donde se internó en un Miskan (templo judío) y trató de sobrevivir… Mas no tardó en arder Jerusalén por atentados cristianos y judíos.

Ahí fue cuando decidió viajar y pararse en ningún sitio en concreto… Durante esos viajes, Sebastian inventó un amigo imaginario llamado Catorce, que fue su único acompañante hasta que en la India conoció a Odalys.

…Otros muchos numerosos viajes… Donde sigue fielmente las “hazañas” de personajes históricos como Gengis Kan (1222), Juana de Arco (1429), Colón (1492), Martin Lutero (1517), Luis XIV enfrentado contra la Triple Alianza (1668), El papa Pío VI (1774), Robespierre (1794), Lamarck (1820), Alfonso XII (1875)…
[ Aquí añadiré tramas pasadas que me propongan diferentes personajes… Por lo que adelante. ]

Conoció a Helienna en Omán, en 1823 (el sultán era Said ibn Sultan Al Said), y ella le abandonó el 6 de Marzo de 1824, unos meses después, el día de su cumpleaños. Le robó el alma, literalmente, junto a un guardapelo que le regaló.

Viajó a España, vivió durante un tiempo en A Coruña, pero no tardó en cansarse de ello y probó algo nuevo… Se unió al ejército español, en la Primera Guerra Mundial. El solo se dedicaba a escribir todo lo que veía en el campo de batalla (le habían destinado al norte de Marruecos) para La Gaceta, y allí conoció a Creig, el médico encargado de curar a cualquier persona, sin importar de qué bando fueren.

[ En éste momento pisó Idhún, pero no lo recuerda bien, tiene lapsos de tiempo… ]


Sebastian volvió a mostrar su cara más sádica durante un tiempo, pero logró encontrar la estabilidad gracias a una mujer rica que le contrató como sastre (haciendo trajes para los presos de los campos de concentración) en mitad de la Segunda Guerra Mundial, Hilde Kramer. Conoció a Bruno, a quien salvó y se convirtió en su pupilo, pero poco después le dejó atrás con el fin de recuperar a su familia de Auschwitz ( El 26 de Julio de 1941, instalados en el propio Berlín, hasta el 13 de Mayo de 1942 ).


En 1956 conoció a Ritha en París (En el Louvre), mantuvieron una especie de relación amorosa hasta que Hannibal apareció de nuevo para advertirles de que eran hermanos.

Sebastian volvió a Finlandia para buscar a James, mas no le encontró de inmediato y conoció a Tyler, con quien estuvo a punto de mantener una relación, pero terminó por encontrar a su hermano… Solo que acompañado por su otra hermana, Ginger.

Sebastian conoció a Eve Mezzendi en 1967, cuando tenía 15 años, a la cual le impartió clases de Literatura hasta que tuvo que marcharse.

Los tres juntos se fueron a vivir a Bergen (hasta 1979) hasta que Ritha volvió y se unió a ellos… Junto a Búa-Boo. Tuvieron que mudarse a Hedmark de nuevo, y Sebastian solo aguantó dos años con todos sus hermanos (volvió a ponerse agresivo, tenso, por la presencia de Ritha y la mocosa). En 1981 volvió a desaparecer y a hacer numerosos viajes con el fin de olvidarse de su nueva familia, sobre todo de la pequeña.

En París, de nuevo, conoció a Helena Batzcher (2011).

Terminó volviendo en el 2012, aceptando el no dejarse vencer por Búa-Boo.

Actualmente tiene un taller de trabajo con la madera en Lillehammer llamado “El Trenzalore”.

jueves, 16 de enero de 2014

+ || Goodbye horses.



Mis huesos se van acostumbrando al frío de Lillehammer… A sus calles, a sus gentes, a su forma de ser hogareña, distante a mi familia… Debería ser algo malo, el querer alejarme de ellos, pero no deseo vivir siempre estancado en la frialdad, en el desprecio de lo que soy. No quiero vivir orgulloso de saber que soy un ser despiadado, un ser aborrecible, sediento de sangre, calculador y sanguinario… Solo deseo ser “El carpintero del Lillehammer” o bien “El joven juguetero del final de la calle”. Todas estas personas no me conocen realmente, disfrutan observando como tallo pequeñas figuras, como hablo con Michael todas las mañanas cuando me sirve sin necesidad de pedírselo chocolate caliente.
Es hora de admitir que Michael es la figura paterna que siempre he deseado tener, y que cada vez que me llama “hijo” me permito el imaginar que es completamente cierto… Luego llegan los dolores de cabeza dentro de mi taller. Iver que me pide que rescate a Bathsheba, que sin saber como, ha dado con que ella ha estado encerrada durante mucho tiempo en manos de ese tal Maddox… Lo haría, de no saber que ese cura, James, está ahora con ella.
El dolor de cabeza mayor… Sombra. Hace mucho tiempo que admití que esa mujer lograba despertar dentro de mí algo que jamás había sentido… Un deseo ardiente que me invita a cerrar los ojos y dejarme llevar, sin razonar, sin pensar… No conozco lo que es el amor, el sentir de tal modo, pero si es esto que siento por Sombra… Es realmente horripilante. No. Todo desapareció en el momento en el que su olor llegó a mis fosas nasales. Por suerte, desconozco su rostro… Porque de conocerlo ese hombre hubiese deseado no pisar jamás la casa de ella. No. No es mía. Medianoche bien lo sabe, pero siento que mis manos se cierran conforme a su muñeca cada vez que me lo niegan o me lo recuerdan.
Romeo. Ese joven inconstante… ¿En qué pensaba en el momento en el que decidió sacarme de quicio? Soy un caballero… No una piedra. Puedo sentir, y sobre todo, el demonio lo hace a las mil maravillas. Un regalo, un regalo de navidad que… No sé porqué demonios lo hice, no soy partidario de esas tonterías… ¿Y… así termina? El alma de Minerva no se retorcería entre mis dedos de no ser por él. Aún así, no podré cargar con ello mucho más… No después de ver su rostro enfurecido, sus ojos desesperados, su odio en su mirada hacia mí. Maldito crío.

La mujer corriente… Alejandra. ¿Hacía cuanto tiempo no me divertía tanto con una conversación, con una tarde? Es humana, desde el primer momento logré olerlo, sentirlo… Pero sus historias me interesan mucho más que su carne. A veces tengo ganas de dibujarla, y a su hija… De conocerla.

Las hermanas Vanveeldvoorde. ¿El rencor, la decepción, la ira, el deseo de venganza? Idhún. Todo se resume al odio y al deseo de sangre. Mentira. Completamente falso. Indagando en sus vidas… He dado que desean más que nadie una vida normal y corriente. Ekaterina, valiente, imponente… Más severamente emocional, se deja llevar por sus emociones. Emmy, divertida, con gran talento… Más se preocupa por no encajar, y en realidad, es quien más amoldada está a ésta forma de vida.

Sophie, la gran soñadora.
Nora, una mujer con espíritu de niño latente.
Etzequiel, y su bondad tras un trastorno que no permite ver como realmente es.
Gabrielle, su enorme fuerza de voluntad.
Noriko, ¿Cuántas veces he deseado tener una verdadera familia desde que te conozco?
Luna, la lluvia ha pasado a ser algo bello para mis ojos…
Leslie, ¿Cuándo finalmente podremos profundizar?
Kara… Oh, Kara… Debiste de haberme golpeado.

¿Es esto tener una verdadera vida? ¿Y mis hermanos? ¿Dónde están Ritha, Ginger, James, incluso Búa-Boo…? ¿Dónde se ha metido lo que debería ser lo más importante de mí…?
Solo deseo que por favor, por favor... Él no aparezca. Que él no aparezca y lo arruine todo.

“Sebastian, empiezas a acariciar tu corazón humano…”

lunes, 9 de diciembre de 2013

+|| Lo sé, porque lo sabe Tyler.



Aquella vez no había cogido el avión, sino que había llegado de una forma poco habitual. Conocía a un hombre que vivía en aquel lugar, en las profundidades de la selva del Amazonas, aquel hombre podía curarme verdaderamente la sordera de la que padecía. Había mejorado, sin duda, pero no había logrado recuperar el cien por cien del oído.
Tyler. Ese era el nombre de aquel amigo con el que había compartido algún que otro momento. Tyler Aaron. Era fácil de impresionar si te apasionaba la naturaleza y sus secretos. Un claro amante de la humanidad, de la fauna, la flora, la vida a base de propios méritos y pocos métodos y artilugios artificiales. Todo era mera supervivencia.

Nada más llegar  Tyler me recibió con los brazos abiertos. Era un hombre sonriente, muy masculino, con el pelo recogido en rastas y una corta barba castaña rodeaba su gesto infantil. Vestía la ropa habitual de la tribu, solo que de una forma más cuidada… Una especie de falda de hojas de palmera, y bajo esto, la ropa interior. Los nativos de aquella tribu ya se habían acostumbrado a esas visitas, y no se negaban a ellas, como muchas otras lo hacían, sino, que les recibían con literalmente, manjares del lugar.

Lo que buscaba hacer en ese lugar era el llamado “ritual de curación kambô”. Las  tribus lo utilizan para sanar el cuerpo, equilibrar la mente y realizar increíbles proezas espirituales.  Sin duda, se trata de un auténtico laboratorio farmacéutico de la Naturaleza que existe en el Amazonas.

Todo se mueve alrededor del Santo Daime, aquel al que alaban. Y el gran remedio, ignorando los… un tanto macabros, es la llamada bebida Céu do Mapiá.

Todo comenzó al atardecer de ese mismo día. Tyler me llevó a uno de esos bungalows hechos de hojas de palmera y barro. Hacía un calor sofocante, pero no tardé en sentirme mejor cuando vestí como ellos. Mejor dicho, como Tyler. El torso descubierto, los pies descalzos… No tardaron absolutamente nada dos mujeres en ponerse a dibujarme figuras en el rostro con una especie de pasta rojiza.

Tras unos segundos escuchando como el jefe de la tribu rezaba a Daime, le suplicaba por mí, sentía la expresiva y singular  mirada de Tyler sobre mí. Tenía los ojos cerrados y no podía abrirlos durante todo el ritual.

El proceso fue el siguiente: con una piedra ardiendo, hicieron pequeñas quemaduras en mi espalda, torso y hombros. Pusieron una especie de crema sobre las quemaduras, que de inmediato me provocaron fiebre y escalofríos. Seguí sin abrir los ojos. Lo que aquellos hombres me estaban esparciendo sobre las heridas era veneno de phyllomedusa bicolor, una rana amazónica.

Seguí con los ojos cerrados.

No tardaron en volver a quemarme: siete pequeñas quemaduras en el brazo izquierdo con un bastoncillo bañado en fuego. Tuve que aguantar imperturbable, apretando los dientes, tensando los hombros, el cuerpo, las mandíbulas.

Seguí con los ojos cerrados.

Notaba como el veneno corría por mis venas. Como ese ácido se paseaba por el interior de mi cuerpo causándome un dolor indescriptible, acelerado, como millones de agujas clavándose en mi organismo. De pronto sentí calor. Sentí un ardor fortísimo que salía del interior de mí, hacia el exterior. Pocas veces había tenido tanto calor en mi vida. Sudaba.

De pronto, noté entre mis manos un extraño pelaje que me buscaba. Palpé, y acaricié la cabeza de un animal. El chamán que dirigía todo me permitió abrir los ojos. El perro me miraba con ternura, con ojos sabios. Dicen que cuando el ritual ha terminado con éxito, el aura de la persona atrae a los animales.

Esperé solo dos días antes de recuperar por completo el oído.

Sin duda, fue un remedio verdaderamente eficaz, y prometí que la próxima regresaría a Noruega con Tyler.

domingo, 17 de noviembre de 2013

+ || No sé vivir solo con cinco sentidos.



Tras la última vez que vio a Sombra, la cual había logrado curarle las heridas de aquella madrugada, decidió alejarse de todo aquello. Quería no conocer a nadie, no sentirse vigilado, sentirse verdaderamente libre y sin cargas bajo los hombros… Bastante con que tenía que soportar aquellos latigazos cada noche a las dos y tres minutos de la madrugada.
Se asentó en un pequeño motel a la entrada de la ciudad de Los Ángeles, siquiera se paró a observan que lugar era aquel, la condición en la que estaba… Solo quería desaparecer.
La primera noche la pasó como todas las anteriores; recibió los latigazos, notó como la piel de su espalda se desgarraba, como su cuello quedaba rodeado con una férrea cadena de hierro al rojo vivo que le impedía respirar durante largos segundos… Y finalmente ese olor metálico de la sangre, que quedaba flotando en la estancia cada día, cada momento… El aborrecible tacto de la sangre.
Y así pasaron las noches de Sebastian, aislado de todo el mundo, hambriento, sediento, llevaba sin alimentarse cosa de un mes…

El día 23 de Octubre sucedió. Esperó la llegada del dolor, acurrucado contra la cama y la pared, escondido entre mantas viejas, con un temblor del que siquiera se percató. Sus ojos ya no tenían ese color grisáceo común, sino que se mostraba el color negro de un depredador hambriento, con sed de sangre… Y finalmente el reloj marcó la sentencia de muerte de Sebastian. Por un momento sus ojos mostraron una fina línea de fuego que recorrió esa oscuridad, y nada más desaparecer un fuerte pitido fue lo que lo hizo reaccionar.
Se puso en pie apretándose los oídos, dejándose guiar por ese instinto sanguinario. Toda la andrajosa habitación había quedado hecha cenizas cuando salió por la puerta. No tuvo que ir muy lejos para encontrar a aquella persona que saciaría su sed; el mismo hombre que le había asignado habitación.
Como una fiera, sin límites, se lanzó a su cuello con el fin de arrancar la vena carótida. Su camisa blanca descolada quedó teñida del color rojo de la sangre, al igual que su boca y sus manos y brazos. Tras vaciar al hombre, sacó su corazón. Se paró para observarlo, aún con el demonio guiándole, y fue entonces cuando se dio cuenta. El silencio absoluto reinó, haciéndole sentirse mareado. Sus ojos volvieron a ser grises, y cuando dejó caer el órgano al suelo, no escuchó como éste último lo recibía…
Se giró, respirando agitado, tembloroso, arrepentido, dolido por lo que había hecho, y se encontró con dos hombres vestidos con uniforme de policía que lo miraban con el gesto desfigurado del terror.

-          Las manos arriba… ¡Las manos arriba!

Trató de sacar valor el más delgado, a la par que alzaba la pistola hacia Sebastian. Tuvo que leer sus labios para entenderle. Sebastian alzó la cabeza, orgulloso, y no tardó más de medio segundo en tener los corazones de ambos entre sus ásperas manos. Los dejó caer de inmediato y fue cuando sintió el dolor. Le había disparado en el hombro derecho y éste sangraba. No había escuchado el disparo…
Salió, con los ojos llorosos, encharcados en lágrimas pero gesto fiero y seguro, por orgullo, y se fijó en que la sirena de los fallecidos también estaba encendida y no podía escuchar su sonido.
Nada, siquiera pudo escuchar como el edificio comenzó a arder en llamas.

Había dejado de sentir esos latigazos, ese dolor, pero… se había quedado sordo.

lunes, 4 de noviembre de 2013

+ || No estoy huyendo de ti.



- Helienna…

Murmuró en sueños. Aquella mujer aparecía las noches de luna en las que anhelaba algo con fuerza, aquella vez, a Sombra. ¿Y porqué no salía el nombre de ella, de la bruja que había logrado provocarle aquel mal estado, aquel mal aspecto en la actualidad? ¿Por qué su cabeza buscaba abrir la caja de recuerdos y proyectar la imagen del ángel bañado en hilos dorados, en sábanas de finas sedas, rojizas, y desnuda, completamente desnuda. Un nudo se hizo en su garganta impidiéndole pensar con claridad. De pronto despertó.

Tuvo que incorporarse de inmediato cuando los lunares en forma de triángulo le ardieron. Para él no eran triángulos, era simplemente… el hombro. El demonio desconocía tal vínculo con el ángel, y por eso, siempre culpaba al cuerpo que poseía. Pero aquella vez era distinto; aquella vez era un cuerpo nuevo, incorruptible, no era lógico lo que ocurría.

Un latigazo, fugaz, invisible, que se marcó de inmediato en su espalda. No tardó en doblarse a la par que gruñía y se quejaba entre dientes, orgulloso como él solo.

Un susurro, espeluznante, placentero…

- Helienn… Sombra…

Otro latigazo que le provocó una arcada tras doblarse, hacerse una bola semidesnuda, de cintura para arriba. Sentía el ardor palpitar en aquella zona, y lo peor, es que normalmente el fuego era su aliado. ¿Por qué aquella vez no era así?

Nada más ponerse en pie, tuvo que volver a curvarse, haciendo que cayese al suelo de inmediato. La sangre de ese último latigazo comenzó a brotar de su espalda, y alrededor de su cuello se hicieron marcas en forma de cadenas, al igual que alrededor de sus muñecas. Ésta vez fue él quien grito, no ese susurro: “Odalys”. La llamaba, la necesitaba, no sabía que estaba ocurriendo, no comprendía que el ángel de su pasado había vuelto…

Las heridas en su espalda volvían a marcarse cada noche. Lo peor de todo aquello es que aquella vez, aquella maldita vez, no se curaban. Se mantenían impasibles, ardiendo en todo momento, hasta la noche siguiente. A las dos y tres minutos de la madrugada aquello se volvía a repetir, haciendo que Sebastian tuviese que doblarse, gritar, forcejear, y tratar de aguantar ese agudo dolor que sentía en la espalda. Para terminar, una especie de cadena invisible también bañada en fuego rodeaba su garganta y le dejaba sin respiración hasta que perdía la consciencia. Y así pasaron dieciséis noches. Dieciséis noches de tormento. Por las mañanas no podía trabajar, solamente se metía bajo el agua congelada buscando suavizar el calor de su espalda. Corrió la cortina oscura que cubría el único espejo de la casa, el del baño, a la quinta noche, percatándose entonces que lo que aquellos invisibles latigazos formaban en su espalda era un número. Un maldito número. El número veintitrés.

Al terminar la primera semana se negaba a acostarse en la cama, y hasta aquel día se mantuvo en todo momento sentado frente al fuego de la sala donde dormía. En ropa interior, cubierto con una manta. Se sentía frágil. Se sentía como cuando Hannibal le había abandonado... Repleto de dolor, de rabia, de odio... ¿Pero, a quién? Al parecer, nadie hacía aquellas cosas en la oscuridad. Algún tipo de magia. Eso es lo que pensaba.
Le llevó a atar cabos: el dolor de su hombro le llevó a los lunares siglos después. Se percato que aquello le ocurría a las "02:03" de la madrugada... 23. 23 latigazos. La forma de tal número... Se obsesionó y siquiera escuchó en ese momento la puerta. Llevaba 16 días sin salir de su taller. Sin alimentarse. Sus ojos, a los doce días, habían adquirido el color negro profundo de la oscuridad. Y no se había dado cuenta.

Oculto tras la sábana deshilachada, gris, se aproximó a la puerta para abrir. Estaba descalzo, y lo único que llevaba eran unas calzas negras.
No alzó la mirada para ver de quien se trataba, pero su olor lo reconoció de inmediato.

- Odalys...

Murmuró.

jueves, 10 de octubre de 2013

"Promesas..."



Aquella noche, Dante había salido a cazar. Odiaba aquello, odiaba que le dejase solo en el frío de la noche, que le dejase a solas con su padre. Hannibal pocas veces le dirigía la palabra, y si lo hacía, eran frases cortas y directas; no se andaba con rodeos… Quizás aquello era lo que más le gustaba de su padre.

Habían logrado instalarse en una vieja casa en Finlandia, al lado del frío lago de Jesagur; en teoría era la casa de su padre, donde había habitado durante años, años antes de que naciese.

A pesar de que la chimenea estaba encendida y el fuego crepitaba con fuerza debido a la buena leña hallada en el lugar, el frío lograba congelar sus huesos, e incluso en el interior de la casa, cuando Sebastian respiraba, una nube de vaho salía de entre sus labios. La temperatura en el exterior era de unos -30 grados, en el interior de unos -10 aproximadamente… La nieve había cubierto el suelo, la espesa vegetación, y había congelado el lago.

La única sala de estar de la casa era donde su padre pasaba la mayor parte del tiempo; pues era su sala de estudio a la vez que la habitación donde dormía Sebastian, sobre una litera hecha de madera. Siempre subía a la litera superior, para poder observar como su padre recogía todos sus planos, papeles y trastos, nada más que entraba, con el objetivo de salir del cuarto y dejarle descansar… o más bien, poder continuar con sus investigaciones.
Las reglas de la casa eran las siguientes:

1.       Si la puerta del cuarto está cerrada, no la abras.
2.       Si estás en la sala, y la puerta está cerrada, tampoco la abras.
3.       Si Hannibal está ocupado, busca otro entretenimiento… Pero jamás, jamás, le interrumpas.

Hannibal siempre buscaba encontrarse solo en una sala, al menos, sin la compañía de Sebastian y el lobo… Cosa que era extraña, pues cuando salían (que lo hacían muy a menudo) siempre estaba pendiente de su “hijo”.

Cuando esa noche Sebastian entró a la sala de estar, Hannibal tardó en recoger y ponerlo todo en orden. El niño aprovechó para apoyarse en la pequeña barandilla de madera de la litera superior, y mirar entre ese pequeño hueco que había. Observaba como escribía con parsimonia y gesto reflexivo, cosa que admiraba de su padre… Siempre le había admirado.
Finalmente, Hannibal se puso en pie y Sebastian procuró arroparse con rapidez para que su padre no se diese cuenta de que le había estado observando durante ese tiempo. Lo logró, aparentemente.
El hombre subió los tres peldaños de madera para observar a Sebastian, y le dedicó una de esas sonrisas irónicas, pero para Sebastian fue una de las sonrisas más verdadera que jamás había visto.

“Pobre chico… Cuando tiendes a admirar a una persona, aunque haga las cosas mal, tú siempre lo mirarás con buenos ojos, y lograrás sacar un “porqué” a esas reacciones negativas…”

Hannibal, tras tensar los labios, habló:

-          ¿Dónde está el lobo?

 Jamás llamaba a Dante por su nombre. No parecían llevarse demasiado bien… Pero Hannibal accedió a que se quedase con él porque al parecer, era con el único ser que podía mantener una conversación. Sebastian no hablaba con alguien que no fuese su padre, o Dante.

-          Ha salido a cazar…

 La suave voz, aniñada, pura, de Sebastian, brotó. Apretó los labios y desvió la mirada. No aguantaba esa mirada severa de su padre.

-          ¿Le has dado permiso…? ¿Cuántas veces he de decirte que es él quien debe amoldarse a ti, no tú a él?
-          Lo lamento, padre…

 No se atrevía a contestar algo que pudiese ofenderle. Hannibal se sentó en el borde de la cama, con gesto hosco, la espalda muy recta y un gesto altivo, elegante.

-          El lobo un día te abandonará, y solo te quedaré yo, ¿Qué harás entonces?
-          Yo… Lo sé, padre. Sé que siempre me quedarás tú. No me abandonarás.
-          Tienes tanto que aprender aún… No sé que voy a hacer contigo, Sebastian. Eres demasiado noble, demasiado tranquilo y sumiso… Pero sé que tras esa capa de chico bueno, tras esas pecas y ese rostro inocente, se esconde un verdadero monstruo… Y estoy deseoso de que salga a la luz.

El joven sintió miedo entonces, y con sus manos, buscó el cálido y suave pelaje del lobo negro. No había vuelto, y eso le hizo apretar los labios y escurrirse suavemente hacia abajo, hasta ocultar todo su cuerpo, hasta los labios, tras la manta roja que le arropaba.
Hannibal alzó las cejas ante tal movimiento y segundos después bajó las escaleras de la litera. Se colocó en la puerta, y antes de apagar la luz, dijo con voz grave.

-          Espero que mañana, cuando volvamos a vernos, no seas tan infantil. Buenas noches, hijo.

Sebastian musitó un “Sí, padre. Buenas noches” y se quedó dormido no mucho después de que apagase la luz y cerrase la puerta.

Habían pasado cinco horas desde que había sucumbido ante el reino de los sueños, más bien, el de las pesadillas. Cuando se despertó, lo hizo fatigado, incorporándose con brusquedad. Su mano derecha enseguida buscó a Dante, y finalmente lo encontró; había apoyado el hocico, manchado de sangre, sobre las piernas del niño, y ahora le miraba con esos ojos azules penetrantes que tanto amaba. Buscó encontrar un hueco bajo su brazo, por debajo del cual se metió ayudándose con su propio morro y cabeza, y dio un lametón a Sebastian. Estaba sudando, con los ojos, grises, más oscuros de lo normal, más… negros.
No tardó en mirar al lobo, y como si éste hubiese hablado Sebastian se bajó de la cama con rapidez seguido del animal y abrió la puerta del cuarto, incumpliendo la segunda norma que su padre un día impuso. El olor a sangre logró provocarle una profunda arcada. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y el salón estaba revuelto debido al fuerte viento. Cuando fue a cerrar las ventanas, se percató de que había algo en el exterior, en la puerta; estaba todo lleno de sangre, la nieve bañada de ese color rojizo, pequeños riachuelos de sangre corrían buscando colarse bajo la rendija de la puerta… Lobos. Lobos desgarrados, abiertos de par en par, yacían en el suelo, acompañados de una gran pila de paja que rodeaba un árbol de férreo tronco. En el árbol había una mujer desnuda atada, con sogas rodeando sus muñecas, su cuello. Parecía estar congelada. Sebastian se aproximó, siempre vigilando que Dante le siguiera… Cuando se agachó la mujer alzó la vista; tenía los ojos amarillos, tenía las pupilas dilatadas, negras, y los incisivos se habían alargado tanto que sobresalían de su boca.
Sebastian se apartó con rapidez, asustado, y podría haberse tropezado de no ser por Dante, que estaba tras él, como un fuerte pilar.
La mujer rugía, buscando soltar sus manos, y entonces, habló: “Tu padre te ha abandonado”, gritó, ida, y comenzó a carcajearse mientras un hilo de baba resbalaba por su garganta.
Sebastian abrió mucho los ojos, sin poder creerlo, pero entonces vio algo que confirmó lo que aquella mujer había dicho: un cuervo se posó en el árbol y dejó caer una oreja, humana,  sobre la mujer; fue entonces cuando se dio cuenta de que le faltaba ésta. El cuervo no tardó en lanzarse al cuello de la mujer y desgarrarlo con el pico y las garras, mientras gritaba. La mujer trataba de soltarse entre gritos y sollozos, pero no lograba nada en absoluto. Dante buscó sus caricias, pero Sebastian ésta vez no respondió. Sus ojos se tornaron oscuros, negros, profundos como pozos sin fondo y la mujer comenzó a arder junto al cuervo. Al cuervo pareció no importarle, en cambio, la mujer lloraba, gritaba aún más fuerte, mientras sufría esa especie de tortura. Hasta que se calló, y poco después su cabeza se descolgó, rodando hasta sus pies.

Sebastian le hizo un gesto al lobo, y éste le acompañó al interior de la casa.
Unos días después, abandonaron Finlandia, y volvieron a Noruega.

Su padre le había abandonado.